Nadín Ospina (Bogotá, 1960)

Con una idea se mueven montañas

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Foto: © Juan Osorio

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Natalia Castillo: ¿Cómo y cuándo decidió ser artista?

Nadín Ospina: Esa es una historia que tiene que ver con una cosa personal muy particular, pues en las circunstancias sociales de la época en que yo crecí era muy difícil para un joven optar por una carrera en artes.

         Desde la infancia desarrollé una curiosidad particular por el mundo, que es el fundamento de ser artista. Pero la opción de estudiar artes era casi que totalmente improbable en mi casa, en donde había la intención de que yo fuera un abogado, un médico, una persona útil. Yo me formé en un colegio de jesuitas, en el San Bartolomé, que tiene una formación estricta y finalmente terminé estudiando medicina, porque era lo que me tocaba. Estudié dos años de medicina en la Universidad Javeriana y en medio de todo eso, empecé a descubrir muchas cosas sensibles dentro del campo de la medicina, por ejemplo los libros de anatomía con los grabados del anatomista francés Leo Testut, eran una cosa fascinante, yo no estudiaba anatomía sino que miraba los dibujos de Testut y eso me llevó a aficionarme mucho más al dibujo, y a que creciera mi interés hacia el campo del arte, más que hacia la medicina misma. Sin embargo, hay un componente humanísta que tiene la medicina que es ese interés básico por el hombre, una cosa muy elemental como es el estudio de la anatomía, la relación con la gente enferma, el frenocomio, el leprocomio, eso me conmovió fuertemente. Pero me decepcionó la práctica de la medicina. En ese entonces se estaba gestando todo este desastre que es la medicina contemporánea en Colombia, y era muy frustrante no poder sacar algo positivo de esa sensibilidad. Al final, por un accidente que tuve me vi forzado a retirarme de la carrera de medicina, reflexioné y, mágicamente, apareció de nuevo la idea de estudiar artes, que era una cosa tremenda para mi familia, una hecatombe, pero bueno, ellos finalmente apoyaron mi decisión y comencé a estudiar artes en la Tadeo y desde ahí, hasta ahora, me quedé en el mundo del arte.

NC: ¿Y desde entonces, cómo ha sido la relación con su familia? ¿Qué importancia tiene esa relación en su carrera?

NO: Después de esa crisis del comienzo, un poco a regañadientes, mi familia decidió seguir apoyándome y entonces empezaron a pasar cosas muy pronto. Yo he contado varias veces esta anécdota… Yo era muy desobediente en la universidad y no hacía las cosas que ordenaban los profesores, estaba a punto de ser expulsado y el decano de esa época me llamó a una reunión y me dijo: Mire, joven, yo pienso que usted tiene otras alternativas en la vida, yo creo que definitivamente usted no tiene talento, su vocación es otra cosa, por qué no le hace un favor a sus padres y se retira. Eso fue terrible para mí, una cosa devastadora, ¡casi de suicidio! y entonces ocurrió algo muy afortunado y es que llegó Alberto Sierra de Medellín. En ese momento él era el curador del Museo de Arte Moderno de allí, y venía buscando artistas jóvenes y estudiantes para la primera versión del Salón de Arte Joven Arturo y Rebeca Rabinovich (1981) y me incluyó. En ese salón gané una Mención de honor y eso salvó mi estadía en la universidad y mi carrera, porque de ahí en adelante sucedieron muchas cosas: Eduardo Serrano me invitó al Salón Atenas del Museo de Arte Moderno, creo que fui el artista más joven que participó en la octava versión de este salón en 1981, ese fue un muy buen comienzo y digamos que fue como un aval para decir que por ahí si era la cosa. Pero esos primeros tiempos son muy duros, porque a uno no lo conoce nadie y en ese momento no había tantos espacios para los artistas jóvenes como existen hoy, que se siente una preeminencia al arte joven en los escenarios artísticos, mientras que en esa época los artistas consagrados eran los que ocupaban los espacios de los Salones Nacionales, de las galerías, de los eventos que se realizaban institucionalmente, entonces era un poco más difícil. Pasaron unos buenos años hasta que Carolina Ponce de León me invitó a Nuevos Nombres (1985), yo venía trabajando en mi taller durante tres o cuatro años sin exhibir y sin ganar dinero, obviamente, y pues comienza esto con la exposición en la Luis Ángel Arango Nuevos Nombres.

NC: En la formación del artista, la suya en particular ¿Qué peso tiene la Academia Vs. la formación empírica?

NO: Yo creo que la formación siempre es totalmente empírica. La universidad no ayuda mucho en la formación de los artistas, la universidad es apenas un pequeño barniz. Para lo único que sirve es para encontrarse con otras personas que hacen arte y conversar con ellas. A veces hay profesores que se vuelven amigos y se sintoniza cierto lenguaje que lo influye a uno, pero la academia en Colombia es muy mediocre, yo la siento muy apartada del mundo real del arte. El artista sale de la universidad que es una burbuja, y al salir se revienta, y tiene que comenzar a hacerse totalmente solo. Los artistas somos autodidactas en el arte, y creo que eso sucede en el mundo entero.

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Fotografía: Cortesía del artista

NC: ¿Cómo es su método de trabajo?

NO: Yo empiezo a obsesionarme por cosas, ideas que surgen de cualquier circunstancia: una noticia, una imagen que veo en la calle, de un comentario, de algo que estoy leyendo y esa idea empieza a rondar en mi cabeza queriendo convertirse en una obra de arte. De otro lado, hay un proceso que se va llevando sobre una cantidad de cosas sobre las que uno ha reflexionado y que luego aparecen como feedbacks, retornos que a mí me interesan mucho, porque pienso que hay una circularidad en todo el trabajo artístico. Uno regresa con nuevas maneras de ver, con nuevas herramientas o con una nueva experiencia. Luego viene la concreción, que para mí es lo más importante, el momento de la creación, en donde la obra toma forma en el pensamiento de una manera muy clara.

            Una obra no sólo es un objeto, también es todo un discurso, un conjunto de elementos que conforman lo que uno quiere decir, y eso exige ciertas cosas que hay que hacerla de una manera específica o, en algunos casos, ocurre que ha de considerarse un lugar en particular porque hay una circunstancia, o un encargo que exige que se haga allí. Así se van dando las cosas para, finalmente, producir una obra. Hay un momento en que todo se centra en la producción, que para mí es un proceso complejo ya que, como en el cine, implica trabajar en equipo, es todo un sistema, gente con la que se hacen cosas, se dialoga, se hacen contratos… Yo soy un artista que, para producir su obra, trabaja con muchas personas.

NA: ¿Qué es más importante la técnica o la idea, y cómo se da esa relación en su obra?

NO: La idea. La idea es fundamental, con la idea se mueven montañas, se mueven rocas, se hace lo que sea. Sin embargo el aspecto técnico, los elementos con los que finalmente se materializa la obra son primordiales. Yo soy un artista muy de los elementos, mi obra siempre está relacionada con una producción física muy fuerte, muchas veces con elementos tradicionales como el bronce, las tallas en piedra, la cerámica y todo ese tipo de cosas, incluso con la pintura; en otras oportunidades hago instalaciones, pero siempre hay algo físico, hay una materialidad muy fuerte que implica procesos y técnicas que conllevan trabajo e investigación.

NC: ¿Cómo define el formato final en el que van a tomar forma sus ideas?

NO: La obra misma lo va pidiendo. A veces hay una baraja de posibilidades con las cuales concretar una idea, así que siempre se toman decisiones. Hay múltiples recursos, entonces uno va desarrollando cierta capacidad para hacer cosas considerando esas posibilidades. Por ejemplo, yo tengo un equipo de talladores de piedra en San Agustín que es un recurso que siempre está ahí. Así que a diferencia de los artistas de hoy en día que todo el tiempo quieren hacer cosas nuevas, cambiar de procedimientos y no repetirse, yo no, yo tengo un equipo de trabajo y por eso siempre estoy pensando en cómo acomodar las cosas para poderlas realizar en piedra, porque es diferente cuando se tiene una relación con un equipo y además porque me fascina. Me fascina el lugar donde trabajo y siento un compromiso muy fuerte con la gente que está conmigo porque ya llevamos muchos años juntos, así que por lo general las técnicas están direccionadas hacia allá. Sin embargo hay ideas que requieren de otros medios ahí es donde están todas las diversas posibilidades técnicas.

NC: ¿Cómo se proyecta su obra hacia los nuevos medios?

NO: Pues si al hablar de “nuevos medios” nos referimos a lo que ocurre en la contemporaneidad, es decir, a la desaparición física de la obra por una preeminencia de un discurso sociológico o político, y muchas veces por una actitud más bien performativa, que en sí es lo que hoy en día se maneja, yo me siento un poco desvinculado. Siento que no tengo mucho interés en lo que está pasando en el mainstream del arte, y siento que el centro del arte tampoco se interesa mucho por lo que estoy haciendo. Entonces yo me siento desvinculado y eso ha sido muy liberatorio, porque no me interesa participar en concursos y ese tipo de cosas como para sintonizarme con lo que está ocurriendo, yo soy como una rueda suelta en medio de todo y eso es fabuloso, porque ya casi no me están invitando a nada que tenga que ver con el medio artístico en Colombia, porque no correspondo y mi actitud no tiene esas connotaciones que se exigen: política, trabajar en grupos, hacer okupas, intervenciones o ese tipo de cosas que podrían ser interesantes, pero que a mí no me preocupan. Hay un devenir histórico y pienso que yo he hecho una obra que le ha aportado al arte en Colombia. Ahí está mi trabajo, y en algún momento habrá una revisión histórica de lo hecho.

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Foto: © Juan Osorio

NC: En algunos casos el entorno en el cual vive un artista lo conduce a que haga lo que se ha llamado “Arte comprometido”. ¿Qué opina del arte rotulado con ese nombre, y cómo se ve reflejado esto en su obra?

NO: Creo que existen muchas imposiciones del mercado, hablando de “mercado” en un sentido mucho más amplio que el económico que es el que manejan las galerías, que son muy conservadoras. Se trata de un mercado ocupacional dentro del medio artístico, en donde pareciera haber una exigencia de que el artista adopte una posición “política”, “comprometida”, que a mí me parece muy deleznable porque ha llegado a un agotamiento y a una reiteración de temas de violencia, de la guerra… Hay grandes figuras que yo siento muy honestas, que han trabajado en este tema y que han hecho un aporte al arte internacional desde Colombia, pero siento que cuando esto se convierte en una fórmula es muy perjudicial para el arte y siento que el arte colombiano de alguna manera ―como lo he dicho muchas veces― está secuestrado dentro de esa casilla, no solamente por las exigencias de las curadurías en Colombia, sino por las exigencias internacionales, que siempre marcan con ese cliché al arte latinoamericano y al colombiano en particular.

NC: A propósito de su obra “Gran sueño americano”. ¿Por qué esos personajes y no otros?

NO: Esa es una obra que hace tiempo terminó su ciclo, pero siempre vienen cosas que la retoman. El aspecto icónico, por ejemplo, que para mí es muy importante, porque siempre estoy tratando la cultura de masas, lo popular, lo que me interesa del entorno local y del universal que, finalmente, vienen siendo lo mismo, porque hoy estamos totalmente conectados; entonces hay un flujo de cosas que nos están influyendo como imagen, como ideología, como concepto y esos elementos que son fuertemente significativos representan un universo cultural que me interesa encontrar, detectar.

De alguna forma yo he sido muy afortunado. Ciertas cosas que señalé en un momento, han pervivido en el tiempo. Es el caso de Los Simpson, una serie de televisión que ha permanecido, y es una suerte que ya varias generaciones hayan tenido contacto con esos personajes y, en ese sentido, mi obra siga siendo reconocible por ellos. Desde cuando comencé en el 92, hasta ahora, ha pasado mucho tiempo y los niños que vieron esa obra ya son viejos. Lo mismo ocurre con Disney, que por un sistema de mercadotecnia siempre se están renovando y, de alguna manera, me corroboran ese carácter y valor icónico, así sea estratégicamente elaborado.

NC: ¿Con qué generación le ha ido mejor?

NO: Pues, curiosamente, ahora es cuando hay más comprensión, porque en un comienzo, cuando hice mis primeras exposiciones, no pasó nada. La primera exposición ―que yo recuerdo con mucho cariño― fue en una galería que se llamaba “Arte 19”, de Carlos Alberto González, abajo del Museo de Arte Moderno, era un sitio muy importante porque ahí funcionó la Galería Diners ―que luego se convirtió en Casas Riegner― pero ahí no sucedió mucho, solo un par de críticas. Pasaron muchos años sin que yo vendiera una sola obra de éstas, y de pronto, a raíz de eventos internacionales las circunstancias cambiaron. Participé en la Bienal de la Habana (1993), en la Bienal de Lyon (2000) y en otras y empezó como un boom en donde hubo una corroboración de mi trabajo. Las colecciones internacionales empezaron a adquirir mi obra y los críticos a ponerla en escena; ahí uno se da cuenta que definitivamente el medio colombiano es muy dependiente y que cuando hay la bendición de un artista a nivel internacional, ahí sí dicen que es bueno. Pasaron diez años desde la exposición de Arte 19, y entonces es cuando mi obra logra una mayor visibilidad a nivel internacional y en el mercado, algo que impone una exigencia muchas veces compleja, porque yo ando en otras cosas, estoy haciendo otro tipo de obra pero la gente siempre quiere ver, adquirir y mostrar, las piezas del “Gran sueño americano”. Todo avanza siempre con un retardo, pues después hubo otra serie que se llamó “Colombia land”, que era sobre los personajes del Lego, y con esas piezas ha ocurrido lo mismo: después de cuatro o cinco años es que empiezan como a tener una vida mediática fuerte.

NC: ¿Cómo han recibido su obra en otros países?

NO: Es muy interesante porque yo creo que afuera hay una recepción mas vívida, porque tal vez hay circunstancias que generan un extrañamiento que las hace más visibles. Aquí tenemos cerca todo el tema del arte precolombino, de sus culturas y hay como un adormecimiento, una apatía a eso que forma parte de uno como país, es algo que “está ahí”, como parte de la familia y la gente no se preocupa por cosas muy importantes que hay alrededor de todo esto, que son críticas conflictivas, el tema étnico, la problemática de las comunidades indígenas, temas que siguen siendo absolutamente pertinentes porque hay una ilación de sangre al rededor de estas cosas, y quizás desde afuera se lee con más nitidez. La gente que está interesada en América Latina y que tiene una formación cultural sobre América Latina, ve con mucho interés estas cosas, entonces siento que de pronto por fuera de Colombia hay un escenario en donde mi obra tiene un brillo y de alguna manera logra una voz.

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Tomada del libro “De lo que somos” de Diego Garzón

NC: ¿Qué opina de la crítica de arte que se hace en Colombia?

NO: En Colombia no hay crítica, desapareció. No existe un solo crítico que esté escribiendo con seriedad, periodicidad y rigurosidad. Hay periodistas culturales, que son muy valiosos e importantes, y hay curadores, pero el momento de la crítica desapareció en Colombia. La hubo en la época en que Carolina Ponce de León, José Hernán Aguilar y Eduardo Serrano escribían, cuando existía una presencia de intermediación entre la obra y el público. Creo que lo que hay ahora es un momento curatorial, una dictadura curatorial.

NC: ¿Cuál cree que es el lugar ideal para que una obra suya permanezca y cumpla el papel o la intensión que tuvo al hacerla?

NO: A mí me gusta mucho lo que ocurre en las exposiciones institucionales. Por ejemplo, ahora tengo una exposición que me entusiasma mucho en la Universidad de Nueva York, que tiene un público abierto donde no media el tema económico, donde la exhibición se hace con las condiciones museográficas óptimas. Un artista casi siempre desea vender, y es importante que el artista venda, es necesario para el desarrollo de su obra y para su satisfacción personal, pero muchas veces los lugares de mercado establecidos son los menos adecuados para la exhibición de las obras de arte. Por ejemplo, a mi las ferias de arte me parecen los lugares más inadecuados para mostrar una obra de arte, me parecen lugares completamente plagados de imágenes, cargados, donde no hay respeto por la obra, no existen las condiciones físicas óptimas y más si requiere ciertas exigencias, como las instalaciones. Las ferias adolecen de una precariedad absoluta en estos aspectos. En Bogotá está el espacio de Artecámara dentro de la Feria de Arte de Bogotá, en el que se pueden presentar proyectos en buenas condiciones, pero finalmente, en términos de mercado, el centro sigue siendo la gran exhibición de stands convencionales.

NC: ¿Qué opina del papel que cumplen los espacios y galerías alternativas, cómo cree que están funcionando actualmente y cómo influyen en los artistas?

NO: Muy interesante, yo lo veo con muy buenos ojos, bienvenidas esas iniciativas. Creo que ahora hay un proceso de autogestión muy fuerte porque hay una crisis institucional muy seria. Cuando mi generación comenzó, los lugares óptimos para exponer eran el Salón Nacional, el Museo de Arte Moderno, el Museo del Banco de la República, pero esos espacios se quedaron cortos, no se sintonizaron con el devenir del arte y están en esa crisis que todos en el medio artístico conocemos, entonces la alternativa de supervivencia de los artistas ha sido ese tipo de acciones de autogestión que me parecen muy valiosas porque ahí hay un germen de producción muy interesante.

NC: ¿Cuáles son los espacios de su predilección para ir a visitar exposiciones?

NO: Los museos siguen siendo unos lugares muy interesantes, y no sólo los museos de Arte Contemporáneo, a mí me gustan mucho los museos raros. Por ejemplo, los pequeños museos de etnografía, de ciencias naturales, los museos de colecciones raras y cosas exóticas me parecen sumamente interesantes; los museos para mí siguen siendo unos contenedores de memoria y de obra de arte que deben renovarse porque siguen teniendo una función cultural muy importante.

NC: ¿Qué opina de la incursión de lo Pop en el arte colombiano, qué referentes tiene, y cómo ha sido su relación con esta corriente artística?

NO: Las prácticas del movimiento Pop se han afincado en América Latina de una manera notable, encontrando un terreno fértil en los diversos elementos de la cultura popular. Las religiones y su imaginería, el pasado precolombino, los íconos revolucionarios, la “subcultura” criminal, las diversas contraculturas urbanas, los mitos populares, las supercherías, las singularidades de la historia, las particularidades de la geografía, de la botánica, de la zoología, el clima, la música, la lengua, la publicidad, el diseño, la reportería gráfica, la caricatura conforman un semillero de imágenes que confrontadas con la cultura Pop importada (imágenes simbólicas del primer mundo, de la modernidad, de la industria del entretenimiento de la tecnología y la mercadotecnia) se funden en una amalgama que constituye el verdadero retrato de la mestiza y dinámica cultura Pop latinoamericana.

Obra Nadín Ospina 1
Fotografía: Cortesía del artista

NC: ¿Cuál podría ser el referente Pop para su obra?

NO: Warhol, indudablemente. Es un artista muy interesante, él y toda esa generación tiene para mí un interés muy particular. Creo que se nota. Es un referente que hace una construcción histórica, es casi como el arte precolombino.

NC: ¿Cómo ve su obra comparada con la de artistas posicionados en los circuitos internacionales del arte, como Jeff Koons por ejemplo?

NO: Para mí todo el arte Pop es supremamente interesante, pero hay cosas dentro de todas esas estructuras de mercadotecnia que en algún sentido me superan, por ese cinismo que campea en el medio del Arte Contemporáneo.

NC: ¿Qué opina del mercado del arte en Colombia?

NO: Es difícil categorizar qué es el mercado del arte. El mercado del arte es la venta en las galerías y es ese mercado ocupacional al que yo me refiero en los espacios institucionales. Si hablamos de las galerías, yo siento que hay un in crescendo en medio de la crisis. A muchos artistas les está yendo bien de la mano de los galeristas y en términos generales la Feria de Arte de Bogotá cada vez va mejor. Está surgiendo un coleccionismo joven muy fuerte, culto e inteligente, que se involucra mucho más en la adquisición de sus obras de arte, que participa y que habla con el artista, es muy interesante porque es un otro dialogante con la obra y eso es muy enriquecedor para uno como artista. Hace unos años el coleccionista era casi un anónimo que estaba detrás de bambalinas en la galería, uno ni siquiera sabía muy bien a quién le estaba vendiendo, en cambio hoy los coleccionistas tienen una preeminencia y de hecho están formando parte del medio artístico de una manera muy activa. Los coleccionistas hoy en día se están atreviendo a ser curadores, a participar en las exposiciones como alter egos de los curadores e, incluso, algunos de los coleccionistas han devenido en galeristas o en críticos de arte.

NC: Usted nombró la burbuja que se estalla cuando un artista sale de la universidad, pero indudablemente en el “mundo real” la burbuja que predomina y que está en constante crecimiento, es la del mercado. Hay un ejemplo contemporáneo muy conocido, y es el fenómeno de mercado provocado por Damien Hirst que logró trascender a nivel mundial. ¿Qué opina de casos como ese y cómo cree que afecta a las lecturas del arte?

NO: Hay muchas mentiras alrededor de todo eso, el mercado está construido en torno a muchas falsedades, las subastas están amañadas, como en el caso de Hirst, ya que en ocasiones él mismo adquiere sus obras. Finalmente el medio artístico de manera un poco cínica termina ganando, porque todas estas movidas animan el coleccionismo, el mercado y hacen interesante lo que está ocurriendo allí. Como nunca antes, hoy el mercado del arte está en un posicionamiento mundial, crecen las casas de subastas, las obras de arte rompen todos los días record de precios y en el mundo entero es un mercado salvaje, el mercado del arte es uno de los más vivos y más lucrativos del mundo, entonces tiene que ser un mercado dinámico que siempre está intentando nuevas fórmulas. Ahí entra gente como Hirst, para captar compradores y coleccionistas activos en el mercado.

NC: ¿Cuáles considera que son las cinco obras más importantes del arte contemporáneo en Colombia?

NO: ¿Las cinco obras más importantes del arte contemporáneo en Colombia? ¡Vaya, vaya!… eso no es tan fácil, pero yo diría:

  • “Shibboleth” de Doris Salcedo
  • “La violencia” de Alejandro Obregón
  • “Los suicidas del Sisga” de Beatriz González
  • “Colombia” de Antonio Caro
  • “David” de Miguel Ángel Rojas
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Fotografía: Cortesía del artista

NC: ¿Qué es arte contemporáneo para usted?

NO: Arte contemporáneo es lo que está ocurriendo, lo que está dialogando con el momento, y siempre es dinámico. Arte contemporáneo fue hace veinte años, arte contemporáneo será dentro de treinta años, y es eso que estamos viviendo en el momento y que habla con los sucesos de la actualidad.

NC: ¿Qué viene en su trabajo?

NO: Ahora estoy trabajando sobre la mitología del colonialismo en una nueva serie que se llama “Dorado” y que tiene que ver con las imágenes renacentistas de cómo se veía desde Europa el Nuevo Mundo. Imágenes de esa imaginería pseudocientífica reflejada en la visión que tenían los europeos de este nuevo continente, esa manera de ver al otro con extrañamiento, con prejuicio, con cargas de miedo y de fantasía que a mí me parecen extraordinarias, y que trayéndolas a hoy mantienen una actualidad increíble. Hoy estamos viviendo otra vez todo esa insurgencia de prejuicios, de movimientos sociales e interacciones que nos llevan a esa frotaciones de mundos, ahora, cuando Europa está en crisis, en declive, y uno ve retornar su mirada hacia América Latina con un interés y una fascinación que me gusta citar.

NC: ¿Se podría decir que como artista está retomando preocupaciones que se ven en sus inicios, cuando trabajó en torno a San Sebastián y otros íconos occidentales…?

NO: Sí, en el sentido de estar muy centrado en esa imagen icónica europea, que se construía a través de las ilustraciones. Esa imagen clásica de los personajes americanos, eso me parece una cosa alucinante, como la representación de los indígenas latinoamericanos con poses de esculturas grecorromanas, me parece fantástico porque revela conceptos que prevalecen en el imaginario colectivo de la humanidad.

NC: ¿Qué le hace falta como artista?

NO: Tiempo… tiempo… tiempo…

NC: ¿Qué consejo le daría a las personas que actualmente se están formando como artistas?

NO: Ser muy tercos, muy tercos y desobedientes. Muy egóicos en el sentido de seguirse a sí mismos, porque no hay otra forma; uno tiene que estarse viendo a sí mismo porque las repuestas están adentro.

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Foto: © Juan Osorio

NC: ¿Para usted cuál es su obra más querida?

NO: Le tengo un cariño particular al “Ídolo con calavera” porque es una pieza que le ha dado la vuelta al mundo y fue un encuentro muy afortunado de cosas que me satisfizo mucho, porque en un comienzo me generó muchos problemas y tuvo mucho rechazo, pero hoy se mantiene como una imagen muy vigorosa. Creo que si yo no hubiese hecho ninguna otra obra, antes ni después, igual esa quedaría en la historia del arte, porque ha sido muy reconocida y creo que puso una ficha, ahí, en alguna parte del boom del arte latinoamericano.

NC: ¿Qué anécdota recuerda del encuentro del público con su obra?

NO: Del encuentro con los jovenes hay cosas muy bonitas. Pero recuerdo una que no fue muy agradable… en el Salón Nacional del 92, yo salía muy contento porque me lo había ganado, me subí a mi carro y de pronto una chica me golpeo en la ventana. Yo la bajé, pensando que me iba a felicitar o algo así, y me arrojó un vaso de licor en la cara, ja ja ja. Siempre me han pasado cosas extrañas con los líquidos, no sé por qué tenemos una relación conflictiva. En otra ocasión, siendo jurado en un Salón Nacional en Villavicencio, estaba viendo un performance y la persona que lo estaba realizando tenía un algo en la mano y se aproximó (yo creo que estaba como drogado o algo así) y puso algo sobre mi cabeza, de pronto siento que revienta y era una bomba de tinta negra que empezó a escurrir ja, ja, ja, y yo quedé totalmente lleno de tinta en ese lugar, entonces fue una cosa muy impactante y agresiva. Cuando la gente hace ese tipo de cosas es porque siente que hay un choque, algo que le está generando una reacción muy fuerte y es angustiante y chocante cuando sucede eso, pero después uno se pone a pensar que el arte tiene algo que en el fondo es muy poderoso y, bueno, hay que tener cuidado.

NC: ¿Existe registro de esa anécdota que me está contando?

NO: Supongo que alguien debe tener fotografías, porque ya era la época de los celulares y esas cosas. Ojalá existiera, me encantaría tener una fotografía de ese momento porque debe ser algo muy ridículo y muy sui géneris.

NC: ¿Qué es arte para usted?

NO: Es el diálogo entre la mente, la percepción y la ideación individual de un ser humano que tiene una sensibilidad particular.

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Bogotá, 21 de abril de 2013

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