El enigmático arte de ser Antonio Caro

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FOTOS: PABLO SALGADO

 

Desde los años setenta, Antonio Caro es una figura del arte colombiano. Hoy, con más de cuarenta años de trayectoria, no solo se mantiene vigente, sino que aún sacude los cimientos de la escena artística nacional. Tal vez por eso, y por todo lo que representa su figura, ya es toda una leyenda: una especie de superhéroe de las artes plásticas colombianas. Se le reconoce por ser uno de los pioneros del arte conceptual en Latinoamérica y por ser el dueño de un sello muy particular que mezcla la irreverencia y la polémica. A sus 63 años aún selecciona su pinta diaria, que es la misma de hace décadas: jeans, botas, franelas con leyendas y mochilas terciadas sobre su pecho.

En una carta dedicada a Bob Dylan, el escritor Ray Loriga dijo: “De Bob Dylan todo el mundo sabe algo y de Bob Dylan nadie sabe nada”, y con esa frase logró condensar la esencia de un hombre que, en sí mismo, es todo un universo: una especie de superhéroe de nuestros tiempos.

De Antonio Caro todo el mundo sabe algo y de Antonio Caro nadie sabe nada. Parafraseando.

Nació en Bogotá en diciembre de 1950 –en el año del tigre de metal– y desde los años setenta incursionó en el campo de las artes en Colombia. Hoy, con más de cuarenta años de trayectoria, el maestro Caro (como bien le dicen en el círculo artístico), no solo se mantiene vigente dentro del medio, sino que aún sacude los cimientos de la escena artística nacional. Tal vez por eso, y por todo lo que representa, se ha convertido en toda una leyenda: una especie de superhéroe de las artes plásticas colombianas. Fue uno de los pioneros del arte conceptual en Colombia y Latinoamérica, y es dueño de un sello muy particular en su obra, que no es otra cosa que su manera de ser: la irreverencia y la polémica.

Siendo aún estudiante de la Universidad Nacional participó en el XXI Salón Nacional de Artistas, de 1970, con La cabeza de Lleras, un busto de sal del presidente Carlos Lleras Restrepo, exhibido dentro de una urna de cristal. El día de la inauguración, Caro le regó agua con el fin de destruirlo, pero accidentalmente el agua empezó a salirse del cristal y, sin más, se desbordó en la sala del Museo Nacional. Al día siguiente, el diario El Tiempo tituló: “¡Se inundó el Salón!”. El cuento, literalmente, se regó en el mundo artístico, al mismo tiempo que el padre Rafael García Herreros, uno de los ilustres invitados, declaró: “¡Esto es monstruoso!”.

Luego de esta entrada sin precedentes en la escena plástica, han sido muchas las polémicas e historias que han rodeado la carrera de Antonio Caro. En 1973 fue rechazado en el Salón Nacional de Artistas. La galería Belarca decidió reivindicarlo el mismo día de la inauguración del Salón con una exposición individual, Caro escribió una frase gigantesca en las paredes de la galería, “DEFIENDA SU TALENTO”, y tras unos tragos salió disparado al museo y en la entrada le dijo a un grupo de periodistas: “Acompáñenme: voy a hacer una intervención plástica”. Fue directo a uno de los jurados, el crítico Germán Rubiano, y le dio una soberbia cachetada por no haber aceptado su obra. Su obra no quedó marcada solo por ese “performance”.

En 1976, con Colombia –una pieza escrita con las letras de la tipografía de Coca-Cola, un verdadero clásico del arte colombiano–, Antonio Caro logró establecer una marca y, como él mismo dice, le permitió “graduarse” de artista. Ese trabajo se convirtió en un hito y catapultó su carrera, al punto que, al mejor estilo de los grandes íconos de los ruidosos años ochenta, en las calles de Nueva York vendieron camisetas con el estampado de su obra y estuvo expuesta en el Pompidou.

De Antonio Caro todo el mundo sabe algo y de Antonio Caro nadie sabe nada. Porque, si bien cada obra trae una historia, el tiempo no ha terminado de contarnos quién es. Lo cierto es que él decidió cargar la bandera de muchas causas y, a través de su arte, ha ofrecido una oportunidad para pensar, entender y querer a Colombia.

Caro, el que hace ejercicio cada dos días enfrente de su cuarto en La Macarena, el que en toda fiesta siempre baila, el que se corta el pelo solo, el que tiene una relación casi mística con los animales, el que a principios de los años noventa sacaron a empujones del Museo de Arte Moderno de Bogotá, es un todo, un universo en sí mismo.

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Caminante y genial como el poeta Raúl Gómez Jattin, la escultora Feliza Bursztyn o uno de los padres del arte contemporáneo en Colombia, Bernardo Salcedo –a quienes les profesa profunda devoción–, Antonio Caro también se fascinó con la vida y obra de Gabriel García Márquez, el personaje que le inspiró la obra Gabriel, una escultura que, gracias a un concurso, se convirtió en la estatuilla del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo: un teclado de tamaño natural fundido en bronce, en el que las únicas teclas que se resaltan, en hojilla de oro, son las que corresponden a la secuencia numérica que conforma el nombre “Gabriel”. Con esta pieza, sagaz e inteligente, rindió homenaje al nobel y dejó una valiosa huella de su inteligencia.Cualquiera que se haya acercado al arte colombiano se ha encontrado con él. De no ser así, seguramente lo ha visto por las calles de Bogotá, siempre caminando, con un jean, una franela –en la que siempre hay algo que leer– y una mochila terciada, llena de bolsitas.

De Antonio Caro todo el mundo sabe algo y de Antonio Caro nadie sabe nada. Pero, por fortuna, hoy responde.

¿Cuándo y cómo decidió ser artista?

La respuesta tiene sus enredos semánticos: cuándo, cómo y ser artista, pero la anécdota del momento es totalmente sencilla. Estaba en sexto de bachillerato, en esa época no habían inventado el undécimo grado, cuando entró al salón un profesor y pidió un papel en el que los estudiantes teníamos que responder dos preguntas: “¿cómo se llama?” y “¿qué va a estudiar?”. Tal vez por el sopor de la aburridísima clase, escribí como un autómata: “Antonio José Caro Lopera – Bellas Artes”.

¿Y se volvió artista?

No, pero traté de estudiar Bellas Artes en la Universidad Nacional de Bogotá.

¿Trató?

Mi examen de admisión fue el mejor de todos los tiempos en la Escuela, pero fui el peor estudiante que ha pasado por allá. En resumidas cuentas, no pude con el pénsum y cada semestre debía más y más materias porque todas las perdía. Hasta que un día, iluminado por la vanidad, pensé: “¿Qué hago aquí, si aquí soy el peor y afuera soy el mejor?”.

¿Vanidad?

No tanta, porque en 1970, antes de cumplir los veinte años, había entrado de forma rutilante al Salón Nacional de Artistas y en ese momento participaba en la IV Bienal de Medellín.

¿Qué pasó después?

Continué por mis tías. Valga la pena acotar que no digo presión familiar, sino por ellas –Aura y Paulina Caro–, que siempre me ayudaron y protegieron. Por ellas, y por mí, comencé a buscar un lugar en el medio artístico bogotano y, por extensión, en el arte colombiano. Durante años, con el objetivo predeterminado de ser conocido y famoso, un poco a tientas y un poco a locas, lo que busqué fue lo que con palabras actuales se denomina: un lenguaje y un discurso.

¿Quiénes le ayudaron en este proceso?

Una vez, aludiendo a mi caso, dije pretenciosamente: “Sin aplausos no hay Shakiras”. Pero algún tiempo después, con más moderación dije: “Sin utileros tampoco hay Shakiras”. Que me perdonen todas las personas que me han ayudado por mencionarlas así, como “utileros”. Siempre me he prometido, y la nobleza obliga, a mencionar al señor Bernardo Salcedo, quien fue mi amigo, mi maestro y mi mecenas. Amigo, porque cuando nos conocimos, pese a las muchas diferencias de edad, de posición económica y social –pero en especial de nivel artístico–, siempre me trató muy bien y esto es de destacar porque él era reticente en cuanto a la amistad. En la universidad, si acaso, tuve un profesor, pero en la vida, afortunadamente, tuve un maestro, y fue Bernardo Salcedo. Sus escasísimas lecciones, tal vez cinco en veinte años fueron cuatro regaños, dos cocotazos y tres consejos. Y mecenas, porque muchas veces me invitó a onces de tienda, es decir, Coca-Cola y ponqué, e incluso a veces me daba para el pasaje del bus y una vez, en un exceso, me palanqueó un flamante puesto de creativo en una agencia de publicidad. Quiero mencionar a tres personas que de alguna manera son piedras angulares de mi formación artística: la cineasta Gabriela Samper, porque su documental El hombre de la sal me iluminó creativamente en mi trabajo. La periodista Alegre Levy, porque con su artículo “Se inundó el salón”, para envidia de muchos y para rabia de otros, me entronizó en el arte nacional. Y a Rita de Agudelo, quien generosamente fue la primera en brindarme una galería, su galería. Hay muchísimas personas más, pero señalémoslas con el nombre de María Eugenia Castro, quien una vez en Barranquilla, con balde y escoba en mano, limpió el lugar en donde yo tenía que exponer.

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¿Cuáles son las primeras noticias que recuerda?

La primera noticia, de algo diferente a mi familia, fue cuando tenía más o menos cinco años y estaba en el hospital de La Samaritana, en Bogotá. Mientras me preparaban para un examen, el hospital colapsó porque sucedió un hecho de gran magnitud: la explosión de Cali [1956]. Muchos años después, en 1969, cuando fui a Cali por primera vez, aún estaba el hueco de la explosión en el centro de la ciudad. Con el tiempo he podido reconstruir algo de esa tragedia espantosa, la más siniestra del país por causas no naturales. Otro recuerdo, a mis seis años, es el sonido penetrante de una ambulancia en una madrugada en Medellín. Al otro día, con mi familia materna, supimos que ese sonido correspondía al traslado de los heridos en las manifestaciones contra el gobierno de Rojas Pinilla. Pocos días después hubo una gran “fiesta” por su caída. Tenía ocho años cuando empezó lo que se llamó la “carrera espacial”: la gente comentaba y trataba de explicarse qué era el Sputnik.

¿Qué recuerda de su infancia?

Con siete años cumplidos, recuerdo una mañana en Puente Aranda, Bogotá, cuando existía un puentecillo, como de cuento. El puente de Aranda era el punto cero de la carretera hacia el occidente de Bogotá. Mi papá manejaba el carro y mi mamá, mi hermana y yo salíamos hacia una nueva vida en Barranquilla. Gastamos los primeros 30 minutos de esa nueva experiencia yendo hacia un lejanísimo pueblo llamado Fontibón.

Pero ¿cómo viajaba?

Afortunadamente para un sagitario como yo, cuando era chiquito me viajaron mucho, porque a esa edad uno no viaja por su propia voluntad, sino que a uno lo cargan como a otra maleta.

¿Por qué se ríe?

Me siento como esos viejitos importantes que son interrogados exhaustivamente por jóvenes estudiantes de historia que quieren reconstruir un pedazo de la remotísima historia nacional.

¿Qué más deberíamos saber de su infancia?

Es mejor que no sepan más.

¿Qué más quiere contar?

Hay dos hechos, que vistos en perspectiva aluden mucho a la idiosincrasia nacional de ese momento, que en realidad es la misma de hoy. El cansancio de un amigo, que era monaguillo, a causa de los innumerables toques de campana a duelo por la muerte de su santidad Juan XXIII y la tarde que nos dieron libre en el colegio por el empate 4-4 con la selección de Rusia en el Mundial de Chile.

Usted, reconocido como precursor y una de las estrellas del arte conceptual en el país, ¿cómo define el arte conceptual?

No quiero entrar en laberintos teóricos, prefiero dar una respuesta boba: arte conceptual es exactamente eso, arte conceptual.

Indiscutiblemente hay un hito en su producción… ¿Cómo llegó a su Colombia?

Naciendo y viviendo en Colombia, pues solo después de presentarla aquí, en 1976, pude ir “caminando”, en 1977, al Ecuador. Ese es un chiste flojo, pero indudablemente entre la famosa cabeza de Lleras y la mencionada Colombia-Coca-Cola está mi periodo de formación. Nótese que no digo de autoformación, porque para mí el único autodidacta es Robinson Crusoe. Son muchas las personas y las cosas que lo forman a uno, incluidos los hechos cotidianos, como los problemas del contrabando en Colombia en 1973 y el delincuente con el alias “El hombre Marlboro”. Durante esos años fui de aquí para allá –y de acullá para acá– buscando, entre temas y formas, lo que se puede llamar un estilo. Sin lugar a dudas, hay que destacar mi breve paso por la publicidad, que me formó un criterio que, tal vez, equivale a 57 años en una academia de arte.

¿Cómo fue esa historia, a principios de los años noventa, en que lo expulsaron del Museo de Arte Moderno de Bogotá?

Fui desprevenido al Museo de Arte Moderno de Bogotá a la inauguración de una exposición de artistas venezolanos que contaba con la presencia del presidente de ese país, Carlos Andrés Pérez. Deambulaba desprevenido cuando, bajando unas escaleras, sin ninguna advertencia o mediación, fui alzado en vilo por dos sujetos que me inmovilizaron totalmente. La acción fue tan rápida que ni tuve tiempo de sorprenderme. Instantes después me trataron como a un criminal y me llevaron hacia la salida. Afortunadamente la directora del museo, Gloria Zea, intervino, diciendo que yo era un artista conocido. Aún hoy recuerdo el asunto con sinsabor y no entiendo cómo dos extranjeros, dos sujetos del cuerpo de seguridad del presidente venezolano, me atacaron en mi propio país, máxime para defender a un ladrón, como después se supo que era ese presidente venezolano.

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¿Qué hace un artista después de que su obra se convierte en un hito?

Seguir trabajando, ya con más confianza y, sobre todo, con algo que lo retroalimenta de manera positiva: la credibilidad.

¿Cuáles considera que son las cinco obras claves de su producción?

Mis trabajos son como mis novias: a todas las quiero igual.

¿Últimamente ha viajado mucho con su obra Achiote?

Sí. La Fundación Thyssen-Bornemisza Art Contemporary 21, me invitó el año pasado a Ephemeropteræ 02, un evento que presentó cada viernes, entre finales de primavera y comienzos de otoño, en un parque muy bonito de Viena, a dos artistas internacionales.

¿En qué consistió su presentación?

En pintar con pintura de achiote la piel de los asistentes que voluntariamente lo aceptaban.

¿Qué puede comentar de esta experiencia?

Personalmente, maravillosa, pues pude conocer algo de una ciudad muy bonita como es Viena. A nivel profesional, muy contento, pues fue mi primera presentación en persona, en Europa.

¿Y este año?

Estuve en el Museo Jumex, en México D.F., en el 89Plus Maratón de las Américas, un proyecto de Hans Ulrich Obrist y Simon Castets, al que también fue invitado el joven artista colombiano Santiago Calderón.

Entonces, ¿enamorado del achiote?

Sí, como de todas mis novias. Pero esta me ha regalado mucha platica.

Usted hizo en 1995 una obra con el tema del archipiélago de San Andrés y Providencia. Hoy, cuando Colombia perdió ese pedazo de mar, ¿qué opina de su obra de cara a esa pérdida?

De mi obra puedo decir que me encanta jugar a limpiar y a colocar en su orden las monedas de diez pesos que la conforman y que tienen en una de sus caras el mapa de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Como colombiano, con honor, estoy de acuerdo con los conceptos de la Corte Internacional de La Haya.

A propósito de su obra Derechos homogéneos, ¿cuál es su opinión en el actual debate en torno a la legalización del matrimonio entre parejas del mismo sexo?

Mi opinión personal no tiene ninguna importancia. Lo triste es que el Congreso de Colombia siga estigmatizando y marginando a una buena parte de la población colombiana que, en general, es gente de bien.

Por cierto, ¿cuál es su posición política?

Apolítico.

¿Cuál es su historia con la mata de maíz?

En las paredes de la galería Belarca (Bogotá, 1974) pinté por primera vez unos mamarrachos que pretendían ser matas de maíz. En 1992, la desaparecida Adpostal, con motivo del V Centenario, lanzó una serie de estampillas entre las cuales había una con un diseño mío de la planta del maíz. La planta del maíz es el máximo logro del ingenio americano y, para mí, un tema amable y no verbal.

¿Cuál ha sido su relación con el público?

No digamos público, porque eso significa un número muy grande de personas, por eso quiero aprovechar este reportaje para comunicar mis ideas a los lectores de BOCAS. Existen dos clases de personas con las cuales intercambio criterios respecto a mi trabajo: algunas pocas que me conocen y con las que tengo una comunicación íntima y cariñosa que logra ser muy constructiva. Y la comunicación espontánea, esporádica y tangencial con personas “desconocidas”, cuyas observaciones me ayudan mucho a evaluar los aciertos y, sobre todo, los errores de mi trabajo. Finalmente, los escasísimos que podemos llamar “ángeles salvadores”, como aquella señora que en una fiesta me dijo: “Si ya hizo el Marlboro, ¿por qué no hace la Coca-Cola?”.

¿Y con las instituciones?

Con respecto a las instituciones públicas, considero que cualquier persona, por el hecho de ser ciudadana y cumplir con los requisitos establecidos, tiene derecho a los servicios de esas instituciones culturales. Con las privadas, el diálogo es de “tú a tú” y si el artista no cumple con los requisitos, pues no tiene derecho a ninguna exigencia. Admiro, por el simple hecho de existir, a los medios de comunicación artística porque no entiendo cómo pueden sobrevivir. Y agradezco a los medios de comunicación masiva cuando le dan un chance a algo tan poco rentable como es el arte. El desarrollo actual del circuito artístico, incluso aquí en Colombia, permite que algunos agentes particulares actúen en él de manera independiente y sobre ellos injustamente recaerá el peso de la historia, pues tal vez sean ellos, con su actuación y clarividencia, los que salven al arte colombiano, ahora inmerso en un sistema o circuito ya bastante anquilosado.

¿Cuál es su relación con el Museo Nacional?

Me muero de las ganas por estar en él, porque con su nueva reglamentación solo presenta exposiciones de artistas muertos. Yo nací en el museo (en el Salón Nacional de 1970) y también allí estuvo Achiote. Como persona del público, en él he visto, oído y sentido muchas cosas buenas. Lástima por las barandas que pusieron a la entrada, pues el edificio perdió su adustez original y ahora parece un centro comercial de estrato tres.

¿Cuáles considera que son los cinco artistas colombianos de la historia?

No puedo ser histórico y objetivo, pero mencionaré algunos de mis preferidos: Feliza Bursztyn, Bernardo Salcedo, Alicia Barney, Jaime Ávila y alguno de los cientos de jovencitos que hoy en día luchan por sobresalir, siempre y cuando no se deje corromper por el mercado y el afán de internacionalizarse.

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¿Un artista nace o se hace?

Miti y miti. Hay niños y, por supuesto niñas, que nacen con el don del “oído absoluto”, pero que si no reciben la formación adecuada antes de la pubertad, nunca podrán desarrollar sus potencialidades musicales. Y lo mismo debe suceder con la danza. Entonces, en parte, el artista nace; pero, en parte, también se hace. Para mí, la producción artística de una persona, más allá de la capacidad técnica específica de su disciplina, depende de manera fundamental de su actitud respecto a lo cultural.

¿Actitud cultural?

Sí, porque creo que el arte está inexorablemente supeditado a una cultura y a una actitud. De lo asertivo de una actitud respecto a su cultura, depende que una producción sea o no arte.

Como artista, ¿qué tema le preocupa?

En esta época, de alguna u otra forma todos los problemas del mundo afectan a todas las personas del mundo. En mi caso particular, a veces logro presentar algún problema colombiano en un trabajo artístico. En mi último trabajo hago referencia a la minería.

¿Cuál ha sido la anécdota más especial dentro de su carrera como artista?

Cuando, en 1973, el jurado de admisión de un Salón Nacional rechazó mi obra Colombia-Marlboro, yo me sentí muy mal porque hasta ese momento me creía el niño genio del mundillo artístico de Bogotá y mi ego no soportó el golpe. Tenía la moral por el suelo y lo único que me faltaba era llorar a mares. Totalmente desolado, una tarde entré cabizbajo a la galería San Diego y Rita de Agudelo, dueña y directora, me dijo: “¿Carito, usted quiere exponer aquí su obra rechazada?”. Y así, de un momento para otro, gracias a ella pude hacer mi primera exposición individual.

¿Usted cree que las personas que se acercan a sus obras las entienden?

Las personas necesitan entender la biología, las matemáticas, etc., pero en realidad, el arte no necesita ser entendido. Más bien, las producciones artísticas necesitan que las personas se apropien de ellas y lo mejor que puede sucederle a un trabajo artístico es que el público se empodere de él.

A propósito de la reciente publicación de su libro El Lobo, en el que reúne anécdotas de los talleres de Creatividad Visual que ha dirigido a lo largo de treinta años, ¿qué es lo que espera que la gente aprenda en su taller?

Los objetivos del taller son muy ambiciosos y ojalá algún día pueda cumplirlos: que los participantes convivan, discrepen y, sobre todo, asuman y dinamicen su propia creatividad.

En su libro afirma que “hoy un miope como yo puede mirar el mundo a través de las personas que participan en el taller”. ¿Cómo es ese mundo?

El mundo es el mismo, pero cada participante lo mira a través de su propia experiencia, la cual se refleja en los trabajos que realiza en el taller. Cada trabajo, más allá de su apariencia física, me muestra un fragmento del mundo.

¿Cuántos años lleva viviendo en Bogotá?

Yo nací en Bogotá, una ciudad que en esa época no alcanzaba el millón de habitantes. Salvo pequeños intervalos, siempre he vivido en Bogotá.

¿Qué es lo que más le gusta de Bogotá?

Lo que más me gusta es jugar a ser guía de turismo con las personas que llegan por primera vez a la ciudad y que caen en mis manos.

¿Qué lugar recomienda en Bogotá?

A las señoras muy elegantes, San Victorino. A los jóvenes, los bares de la Concordia. Y nunca, ni al más estúpido, el Parque de la 93.

¿Qué consejo les da a las personas que viven en Bogotá?

Que salgan cuantas veces puedan. Mínimo un mes al año.

¿Medellín es la ciudad más innovadora de Colombia?

Innovador sería que ahorcaran públicamente, en el Parque de Berrío, a los autores intelectuales del crimen de Ana Fabricia Córdoba [líder desplazada, asesinada en Medellín].

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¿Adónde le gusta salir?

A donde me invitan por cuestiones de trabajo y cuando puedo, a donde me gusta ir.

¿Qué empaca en una maleta?

Lo del trabajo y lo personal. En lo personal son indispensables las ollas para hacer el té, los baldes y los guantes para lavar la ropa.

¿Qué rituales practica?

No digamos rituales. Hábitos, mejor: levantarme despacio y desperdiciar la mañana conmigo mismo. Aunque no tengo computador ni teléfono, consultar el Internet y comprar “minutos” de celular.

¿Tiene agüeros?

De los comunes tengo varios: no pasar por debajo de una escalera, no dar ni recibir la sal de mano a mano, no regalar cuchillos ni recibirlos de regalo, etc. Y algunos de mi propia invención, que no los cuento porque pierden su sortilegio.

¿Cuáles son sus hábitos alimentarios?

En la práctica empiezo el día como ángel y termino como diablo. En ayunas una porción de frutas, más tarde tres tazas de té verde y luego, a media mañana, tres bananos porque mis pobres neuronas son adictas al potasio. El almuerzo casi siempre con un aguacate que me ayuda a controlar el colesterol. Después lo que venga, pero no me puede faltar el té de las cinco aunque sea a las siete.

A usted, que es un fanático del horóscopo chino, ¿cómo le ha ido en el Año del Caballo?

Muy bien, porque soy tigre.

¿Cuál cree que es la generación que se empoderará de su trabajo?

Ojalá que sea esa nueva generación de jóvenes colombianos que con su propio esfuerzo está circulando en el país y en el mundo, alejada del patriotismo y sin las talanqueras del regionalismo. Esa generación es la que conformará lo que nunca hicieron las élites gobernantes: la verdadera nación colombiana.

¿Qué tan natural es su look?

No, no tiene nada de natural. Yo mismo me corto el pelo y llevo años tratando de perfeccionar mi corte, durante muchos años más he tratado de institucionalizar mi uniforme: camiseta, botas y mochilas. No es tan fácil implantar el desaliño como estilo de vida.

¿Alguna vez se ha vestido de traje y corbata?

Después del uniforme del colegio, nunca. Salvo dos ocasiones: para la función de gala de los 50 años del Teatro Pablo Tobón Uribe de Medellín, invitado por Norela Marín, y para la ceremonia de ingreso a la Academia de Historia del Ecuador de mi amigo Juan Castro y Velázquez, en el club de La Unión de Guayaquil.

¿Alguna vez alguien intentó comprarle el alma?

Sí, hace poco una revista colombiana muy elegante intentó presentarme modelando ropa de marca, pero no tenían los millones que yo pedía.

¿Por qué siendo un artista tan famoso y reconocido no es una persona adinerada?

Gracias por lo de famoso y reconocido. No tengo dinero porque nací pobre y porque aún debo tener algo del joven que fui que era medio hippie y pensaba que el arte es algo más que una simple mercancía.

¿Con qué ícono de la cultura popular actual se identifica?

Aunque reconozco en ellos una nueva y sana actitud, no me identifico, los envidio. Ellos son: Catherine Ibargüen, Falcao García, James Rodríguez y Nairo Quintana.

Si fuese un dj, ¿qué canción no podría faltar en cualquier evento?

Aunque se depriman, ‘Coming down again’, de los Rolling Stones.

¿Qué es lo primero que busca cuando llega a una ciudad nueva?

La regla de oro es nunca llegar de noche. Y un buen viajero no busca, encuentra.

¿A qué le tiene miedo?

A estar solo en un ascensor.

¿Alguna vez se casó?

No.

¿Por qué no tiene hijos?

No encontré a la boba.

¿Ha pensado alejarse del mundillo del arte?

Sí, pero aún no soy lo suficientemente famoso para hacerlo.

¿Por qué lo quiere tanto la gente joven?

Porque nunca me he sentado en el puesto de un niño en la mesa del comedor de su casa, ni mucho menos, le he quitado el asiento de la ventanilla en los carros.

¿Cuál es su secreto de la juventud?

Si todavía puedo hacerlo, hacerlo.

¿Cuál es la parte complicada de ser usted?

Mi propio yo, sin el aura de artista.

[Entrevista originalmente publicada en la Edición #35 de la Revista BOCAS. VER ENLACE]

 

 

 

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